El crimen que el poder quiso enterrar: la verdad sobre el asesinato de Jaime Garzón empezará a salir

Desde el pasado mes de octubre, cuando el presidente Gustavo Petro ordenó la desclasificación de archivos del DAS, varios equipos del Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía, junto a organizaciones de la sociedad civil y defensores de derechos humanos, trabajan a toda máquina para que verdades largamente ocultadas salgan por fin a la luz.

Entre esas verdades está una de las más dolorosas y simbólicas para el país: la verdad oculta sobre quiénes son los responsables del asesinato de Jaime Garzón, el periodista, humorista y mediador de paz más querido de Colombia.

Las investigaciones conocidas hasta ahora han ratificado responsabilidades ya señaladas en procesos judiciales previos. El exdirector del DAS José Miguel Narváez, sectores de la Brigada 13 del Ejército Nacional y el jefe paramilitar Carlos Castaño habrían participado en la planificación y ejecución del crimen que le arrebató la vida a Garzón en 1999.

Sin embargo, el corazón del caso sigue abierto: aún no se conocen con claridad los móviles políticos ni las figuras civiles y de poder que habrían dado la orden. Esa es la verdad que durante décadas fue enterrada bajo el silencio, la impunidad y el miedo.

Jaime Garzón no era solo un comunicador incómodo. Fue un actor político en el sentido más profundo: un puente entre orillas enfrentadas. En los años finales de la década de los 90 se destacó por su trabajo en la búsqueda de salidas negociadas al conflicto armado y por su papel clave en acercamientos humanitarios y políticos con la FARC y el ELN.

Su gestión, lejos de ser clandestina, era conocida, pública y respaldada por sectores sociales que anhelaban la paz. Precisamente por eso resultaba profundamente incómoda para intereses políticos, militares y electorales que se beneficiaban de la guerra, del miedo y de la polarización.

Hoy, con la reapertura de archivos del extinto DAS, Colombia se enfrenta a una oportunidad histórica: no solo saber quién apretó el gatillo, sino quién ordenó callar una voz que hablaba de paz y reconciliación.

¿Puede llamarse democrático a un país que vota, pero al que le ocultaron durante décadas la verdad sobre los crímenes de Estado, las alianzas criminales del poder y los asesinatos cometidos para silenciar a quienes buscaban la paz?