Por alguna razón difícil de explicar —pero muy fácil de gritar en Blu Radio— hay gente en este país a la que le duele profundamente que a Colombia no le esté yendo mal. Les rasca, les arde, les produce urticaria democrática. Son capaces de perdonar cualquier desastre… excepto un acierto de Gustavo Petro.
Porque seamos honestos: para un sector de la derecha colombiana, el verdadero problema nunca ha sido la inflación, ni el dólar, ni el empleo, ni la pobreza. El verdadero problema es que el que gobierna no es de los suyos. Y eso, en su escala de valores, es más grave que cualquier indicador macroeconómico.
Por eso los hemos visto sufrir en silencio —o peor, haciendo editoriales— cuando baja el desempleo. Qué tragedia. Qué irresponsabilidad de país. Gente consiguiendo trabajo cuando lo que corresponde, según el manual uribista, es agradecer la precariedad como si fuera una bendición divina.
Los mismos que durante años nos explicaron con tono doctoral que subir el salario mínimo era “populismo”, hoy se rasgan las vestiduras porque sube… y la economía no colapsa. Imperdonable. Eso no estaba en el libreto. Eso no lo decía el PowerPoint del miedo.
También están profundamente afectados porque el dólar no se disparó a diez mil pesos como lo habían profetizado con entusiasmo casi religioso. Algunos incluso habían comprado velas, otros ya tenían listo el trino: “Se los dijimos”. Pero no. El dólar bajó. Y ahí sí, silencio incómodo. O peor: culpar a factores externos, a la alineación de los planetas, o al horóscopo chino.
Y ni hablar del turismo. Siete, ocho, nueve millones de turistas llegando al país. ¿A quién se le ocurre? ¿No entienden que Colombia debía seguir siendo un lugar al que solo vinieran corresponsales de guerra y misiones del FMI? Ahora resulta que vienen extranjeros a gastar dólares, a recorrer regiones olvidadas, a conocer el país real. Qué horror. Eso no estaba permitido.
La oposición también ha hecho un esfuerzo titánico por ignorar datos molestos: más inversión social, más recursos para educación pública, avances en transición energética, recuperación de derechos que ellos mismos quitaron —como la Mesada 14— y una política exterior que, por primera vez en décadas, no se limita a decir “sí señor” mirando al norte.
Pero no importa. Si Petro hace algo bien, no cuenta. Si algo mejora, es coincidencia. Si algo empeora, es culpa suya, de Chávez, de Maduro, del Foro de São Paulo y probablemente de algún reptiliano.
La lógica es sencilla y muy honesta, aunque nunca la digan en voz alta: preferimos que a Colombia le vaya mal antes que aceptar que este gobierno lo esté haciendo bien. Porque reconocerlo implicaría algo insoportable: admitir que el país no se acabó, que el apocalipsis no llegó y que el “castrochavismo” resultó ser, al final, puro cuento para asustar incautos.
Así que seguirán marchando contra que bajen los precios, contra que suban los ingresos, contra que la gente viva mejor. Marcharán para que nada cambie. Protestarán contra los avances. Harán oposición no al gobierno, sino a la realidad.
Mientras tanto, Colombia —con todos sus problemas, que aún los tiene— avanza. Y eso, para algunos, es la peor de las noticias. Porque demuestra que el país no era inviable: lo inviable era su forma de gobernarlo.



