La política tiene momentos de sinceridad brutal. No porque alguien lo confiese, sino porque las alianzas hablan más fuerte que los discursos. Y lo que estamos viendo hoy en el panorama electoral colombiano es exactamente eso: una definición que durante años intentó evitarse.
Que Rodrigo Lara Restrepo haya decidido ubicarse abiertamente en la campaña del llamado “Tigre”, y que en la consulta de la llamada centro-derecha confluyan figuras como Paloma Valencia, Juan Manuel Santos, Enrique Peñalosa y Mauricio Cárdenas, no es un simple reacomodo electoral. Es la confirmación de una verdad política que muchos se negaban a aceptar.
Durante años nos hablaron del “centro” como si fuera una categoría casi moral: la sensatez frente a los extremos, la técnica frente a la ideología, la moderación frente a la pasión. Pero cuando se miran los proyectos económicos, las visiones de Estado y las coincidencias estructurales, el centro termina orbitando alrededor del mismo modelo que ha gobernado Colombia durante décadas.
No se trata de descalificar personas. Se trata de analizar coherencias. Y la coherencia es clara: defensa del mismo enfoque macroeconómico, de la misma lectura sobre el papel del Estado, de la misma priorización del mercado como eje ordenador de la sociedad.
Al final, un sector terminará convergiendo con Álvaro Uribe Vélez y el Centro Democrático; otro caminará junto a Federico Gutiérrez y sectores que representan una visión aún más conservadora del país. Cambian los tonos, cambian los estilos, pero no cambia el núcleo.
Lo que durante años se presentó como un punto intermedio termina siendo una versión con mejores modales del mismo proyecto político.
Y, paradójicamente, eso es bueno para la democracia. Porque la democracia necesita claridad. Necesita que los ciudadanos sepan qué representa cada bloque, qué intereses prioriza, qué modelo de país defiende. Cuando las definiciones se hacen explícitas, se reduce la confusión y se fortalece la deliberación.
Hoy el debate es más nítido: de un lado, quienes consideran que el camino es profundizar el modelo que privilegia la estabilidad macroeconómica por encima de la transformación social; del otro, quienes creemos que la estabilidad solo tiene sentido si se traduce en justicia social, redistribución, fortalecimiento de lo público y ampliación real de derechos.
Nosotros no tenemos problema en decir dónde estamos: del lado de las reformas sociales, del lado de una economía que ponga en el centro a la gente y no únicamente al capital, del lado del Pacto Histórico.
Las etiquetas pueden discutirse. Las alianzas, no. Si el centro decide ubicarse sin ambigüedades en el mismo espectro de la derecha tradicional, que así sea. Eso ordena el tablero y obliga a cada ciudadano a tomar posición con mayor conciencia. En política, la neutralidad suele ser una ilusión.
Lo que realmente existe son proyectos de país. Y esos, tarde o temprano, siempre se revelan.



