La visita del presidente Gustavo Petro a la Casa Blanca terminó desbaratando, una vez más, el relato que la derecha colombiana venía construyendo desde hace semanas: el de un mandatario aislado, sin respaldo internacional y en permanente confrontación con Estados Unidos.
Lejos de ese libreto, el encuentro dejó un mensaje político claro. El Gobierno Nacional mantiene relaciones sólidas con Washington y avanza en una agenda de diálogo basada en el respeto mutuo, la cooperación regional y los intereses estratégicos de Colombia. Petro no llegó a pedir permiso ni a recibir órdenes; llegó a hablar de tú a tú sobre transición energética, lucha contra el narcotráfico con enfoque social, paz total y corresponsabilidad internacional.
Mientras sectores de la oposición apostaban por un desencuentro que les permitiera alimentar la narrativa del “fracaso”, el resultado fue exactamente el contrario: respaldo político y diplomático, y una imagen de estabilidad que contrasta con el caos discursivo que hoy domina a la derecha. El supuesto plan para mostrar a un presidente debilitado se cayó por su propio peso.
Este episodio vuelve a evidenciar una diferencia de fondo entre modelos de país. De un lado, un Gobierno Nacional que busca una política exterior soberana, con voz propia y capacidad de interlocución global. Del otro, una oposición que parece desear que al país le vaya mal con tal de tener razón, incluso si eso implica celebrar el aislamiento internacional.
Petro sale de la Casa Blanca fortalecido, y la oposición queda viendo un chispero, atrapada en titulares que no se sostienen frente a la realidad política y diplomática.
La pregunta que queda abierta es sencilla pero incómoda: ¿Colombia quiere seguir siendo un país subordinado a intereses externos o uno que dialogue con el mundo desde la dignidad y la soberanía?



