El país asiste a un nuevo episodio que desnuda una forma de hacer política basada en el miedo, el hostigamiento y la intimidación. Un video ampliamente difundido por medios nacionales muestra al expresidente Álvaro Uribe Vélez refiriéndose, sin ambigüedades, a la activación de bodegueros para “hacer llorar” a una mujer en redes sociales.
No se trata de una frase suelta ni de una interpretación forzada. Se trata de una lógica política conocida en Colombia: el uso coordinado de redes sociales como arma para destruir, amedrentar y silenciar, especialmente cuando quien incomoda es una mujer.
Violencia política organizada
Hablar de “mover bodegas” no es hablar de debate ciudadano. Es hablar de estructuras organizadas de acoso digital, de campañas sistemáticas de linchamiento mediático que buscan quebrar emocionalmente al adversario. Cuando el objetivo es explícitamente “hacer llorar”, el mensaje es claro: no se busca discutir ideas, se busca castigar al contradictor.
Estas prácticas no son nuevas. Durante años, periodistas, defensoras de derechos humanos y lideresas sociales han denunciado ataques coordinados, insultos, amenazas y campañas de desprestigio provenientes de ejércitos digitales afines al uribismo. Lo grave, en este caso, es que la instrucción aparece atribuida directamente al máximo referente político de ese sector.
Machismo como método
Que el blanco del ataque sea una mujer no es un detalle menor. La violencia digital tiene un componente profundamente machista: se busca humillar, infantilizar, intimidar y disciplinar a las mujeres que opinan, participan o contradicen al poder tradicional.
Este tipo de expresiones refuerzan una cultura política donde la mujer que alza la voz debe ser castigada, y donde el acoso se normaliza como táctica válida de confrontación.
Dos modelos de país en disputa
El episodio vuelve a marcar una diferencia profunda entre dos visiones de país. Mientras el expresidente Uribe representa una política basada en la intimidación, el señalamiento y el odio organizado, el gobierno del presidente Gustavo Petro ha insistido en desmontar la violencia política, proteger la participación de las mujeres y defender un debate público sin persecución.
No es un asunto de simpatías personales. Es una discusión sobre qué tipo de democracia quiere Colombia: una donde se gobierna con bodegas y miedo, o una donde la diferencia política no se paga con linchamientos digitales.
Una advertencia democrática
Normalizar que un expresidente sugiera “hacer llorar” a alguien mediante ataques en redes es aceptar que la política se rija por el matoneo. Y cuando el matoneo se institucionaliza, la democracia se debilita.



