Todo apunta a que buscará consolidar una nueva ultraderecha, más radical que el Centro Democrático, disputándole al uribismo su liderazgo, sus cuadros y su electorado.
Durante años se dijo que el mayor rival del uribismo era la izquierda. Sin embargo, la política suele reservar ironías. Hoy, el mayor desafío para el proyecto político construido por Álvaro Uribe parece provenir desde la misma derecha.
Abelardo hizo campaña durante toda la primera vuelta enfrentando al expresidente Uribe, a su familia y a la candidata respaldada por el Centro Democrático. No fue un enfrentamiento aislado ni circunstancial. Fue una estrategia permanente para marcar distancia y presentarse como el nuevo referente de un sector de la derecha que considera agotado el liderazgo tradicional del uribismo.
Las señales no terminaron con la elección. Incorporó a su campaña a una persona que el propio Uribe denunció durante años por su presunta participación en el denominado entrampamiento relacionado con Piedad Córdoba. En política, los equipos también envían mensajes. Y el mensaje fue inequívoco.
A ello se suma la decisión de no respaldar a un integrante del Centro Democrático para la Presidencia del Senado, pese a que esa colectividad continúa siendo la bancada más numerosa de ese sector político. Más que una discusión burocrática, es una señal sobre quién pretende ejercer el liderazgo de la oposición.
Pero el movimiento más ambicioso podría estar aún por venir. Si solicita el reconocimiento de Defensores de la Patria como partido político ante el Consejo Nacional Electoral, abriría formalmente una disputa por la hegemonía de la derecha colombiana.
Si solicita el reconocimiento de Defensores de la Patria como partido político ante el Consejo Nacional Electoral, abriría formalmente una disputa por la hegemonía de la derecha colombiana.
Los movimientos ya comenzaron. Paola Holguín dejó el Centro Democrático. María Fernanda Cabal también tomó otro rumbo político. Si además prospera una reforma que habilite el transfuguismo, Defensores de la Patria tendría un incentivo enorme para atraer congresistas, dirigentes regionales y líderes del uribismo inconformes con la actual estructura del partido.
La consecuencia sería evidente: antes que concentrarse en derrotar a la izquierda, estaría debilitando al propio Centro Democrático.
Paradójicamente, mientras su discurso promete una confrontación frontal contra el progresismo, sus primeras acciones parecen dirigidas a reorganizar la derecha alrededor de un nuevo liderazgo. No se trata simplemente de reemplazar a Uribe, sino de construir un proyecto que podría ubicarse aún más a la derecha del propio uribismo.
Si ese camino se consolida, Colombia podría asistir al nacimiento de una nueva fuerza de ultraderecha que dispute el electorado conservador con posiciones más radicales que las defendidas históricamente por el Centro Democrático.
La gran batalla política de los próximos años podría no librarse entre la izquierda y la derecha, sino dentro de la propia derecha. Entre el uribismo y quienes consideran que llegó el momento de reemplazarlo.
Quizá el verdadero legado político de Abelardo no sea haber derrotado al petrismo. Quizá sea haber terminado de desplazar al uribismo como principal referente de la derecha colombiana. Porque todo indica que la disputa ya no es por vencer a la izquierda, sino por decidir quién será el dueño de la derecha.



