hacer reír no puede seguir costando vidas
El humorista Camilo Díaz, conocido como Culotauro, confirmó que abandonó Colombia después de denunciar amenazas contra su vida. La decisión también lo obligó a suspender la quinta temporada de Por la Ventana Podcast, espacio en el que entrevistó a distintas figuras de la vida pública, entre ellas el presidente Gustavo Petro y el entonces candidato presidencial Iván Cepeda, además de realizar sátira sobre la actualidad política del país. Culotauro aseguró que las amenazas ya fueron puestas en conocimiento de la Fiscalía y que su prioridad es proteger su vida, la de su equipo y la de los invitados que participan en el programa. (Canal 1)
La noticia trasciende el caso de un solo artista. Cuando un humorista siente que debe abandonar su país para poder seguir haciendo reír, la preocupación deja de ser individual y se convierte en un asunto democrático. La libertad de expresión no solo protege a quienes informan o hacen política; también ampara a quienes utilizan el humor para cuestionar el poder, incomodar a los sectores políticos o provocar reflexión a través de la sátira.
Por eso, el caso inevitablemente revive el recuerdo de Jaime Garzón, el humorista y periodista asesinado el 13 de agosto de 1999. Garzón convirtió el humor en una poderosa herramienta de crítica social y política, demostrando que una carcajada podía ser tan incómoda para algunos sectores como un discurso. Su asesinato marcó uno de los episodios más oscuros para la libertad de expresión en Colombia.
El hecho de que un comediante vuelva a marcharse del país por temor a perder la vida despierta una preocupación legítima: que el miedo vuelva a convertirse en un mecanismo para silenciar voces incómodas.
En un Estado democrático, nadie debería verse obligado a escoger entre su seguridad y su derecho a expresarse. Un país donde los humoristas, periodistas, artistas o líderes sociales sienten que deben callar o exiliarse por temor a las amenazas es un país donde la violencia continúa intentando imponerse sobre la palabra.
Culotauro aseguró que seguirá haciendo humor desde el exterior. Sin embargo, su partida deja una pregunta que Colombia no debería normalizar: si hacer reír vuelve a implicar abandonar el país, ¿qué tan protegida está realmente la libertad de expresión?



