En las calles de Cali hay una imagen que merece ser mirada con atención: jóvenes que hace apenas unos años fueron convertidos en símbolo de estigmatización hoy están nuevamente en primera línea. Pero esta vez llevan herramientas, agua, alimentos y sus propias manos para ayudar a quienes resultaron afectados por el terremoto.
Son integrantes de la Primera Línea, aquellos jóvenes populares que durante el estallido social de 2021 fueron señalados, perseguidos y presentados por amplios sectores como una amenaza. Hoy, varios de ellos están haciendo exactamente lo contrario de aquello que durante años se dijo sobre ellos: están salvando vidas.
Mientras las comunidades enfrentan el impacto del sismo, estos muchachos se han organizado para apoyar las labores de rescate, retirar escombros, ayudar en la reconstrucción y acompañar a las personas que necesitan una mano en medio de la emergencia.
Y hay algo profundamente simbólico en ello.
Los mismos jóvenes que fueron estigmatizados por ocupar las calles hoy vuelven a ocuparlas para cuidar a su gente. Los que fueron llamados violentos hoy aparecen cargando escombros. Los que fueron señalados como enemigos hoy están poniendo el cuerpo para ayudar a desconocidos.
Porque detrás de la etiqueta de “Primera Línea” también existían —y existen— jóvenes de barrios populares, estudiantes, trabajadores, madres, padres y muchachos que aprendieron a organizarse y a responder colectivamente cuando las instituciones no alcanzaban a resolverlo todo.
En medio de la emergencia, esa capacidad de organización popular vuelve a aparecer.
Frente a las dificultades para que la ayuda institucional llegue con la rapidez que necesitan algunos territorios, las comunidades no se han quedado esperando. Se han organizado entre ellas. Y entre quienes están poniendo el cuerpo aparecen estos jóvenes, esos mismos que alguna vez fueron tratados como un problema y que hoy se convierten en parte de la solución.
La historia tiene una enorme carga simbólica: quienes fueron llamados “Primera Línea” vuelven a estar en primera línea, pero esta vez para rescatar vidas.
No hay barricadas. No hay confrontación. Hay palas, manos, solidaridad y organización.
Hay jóvenes que decidieron que, ante una tragedia, su respuesta sería ayudar.
Y quizás esta sea una de las imágenes que más debería interpelar a Colombia después de este terremoto: los muchachos que tantas veces fueron señalados están demostrando que también son capaces de liderar, cuidar y salvar.
Porque también esto es la juventud popular.
La que cuando su comunidad la necesita, aparece.
La que no pregunta quién eres antes de ayudarte.
La que, incluso después de haber sido estigmatizada, sigue escogiendo ponerse al servicio de los demás.
Hoy, esos muchachos están haciendo honor a su nombre.





